por Dagny Skarwan
En el campo de las ONG, el monitoreo comúnmente es asociado con reportar actividades, vale decir, dar cuenta de todo lo que hemos realizado en un periodo dado en relación a un plan operativo.
Aun cuando los proyectos cuentan con sus marcos lógicos o su matriz de resultados e incluso han elaborado su teoría de cambio, se percibe cierto asombro en las organizaciones y equipos locales al momento de involucrarse en aplicar instrumentos de monitoreo participativo de efectos e impactos. En este tipo de monitoreo suelo acompañar a los equipos a reflexionar sobre cómo se miden los efectos, cómo se pueden reconocer y medir impactos y -desde allí- reconocer distintas contribuciones del proyecto. Pero también surgen preguntas tendientes a clarificar otros propósitos del monitoreo, más allá de la rendición de cuentas a cargo de un coordinador o coordinadora de proyecto, tales como por dónde comenzar con el monitoreo de un proyecto o cuándo es el momento correcto para ello.
A la vez, cuando reflexiono con ellos que el monitoreo debería ser participativo, parecen estar de acuerdo conceptualmente. Pero, cuando sugiero que el monitoreo participativo se inicia con la planificación, suelo recibir muestras de asombro. Por lo tanto, para que los equipos puedan llenar de significado aquello que nombramos como monitoreo participativo de efectos e impactos, partimos de la premisa que, en un monitoreo participativo, la participación comienza con el compromiso de cada uno/a, asumiendo roles, y no dejando todo en manos de un especialista en monitoreo o un coordinador/a.
Lo “participativo” refiere entonces a que el personal técnico del proyecto despliegue su capacidad de facilitar procesos de reflexión con las comunidades, grupos e individuos, de modo que ellos puedan determinar sus objetivos. En mi entendimiento, un monitoreo participativo es un monitoreo para el empoderamiento, por lo que debería ser un estándar en las organizaciones, por lo menos en aquellas que parten de la concepción y la práctica de un enfoque de derechos, atentos a impulsar nuevas cualidades de dialogo e interacción democrática. En este sentido es que nos preguntamos cómo es posible pensar en alcanzar un empoderamiento de individuos o estructuras sociales si las ONG y sus proyectos son quienes deciden en lugar de la gente desde el momento de la planificación del proyecto hasta su evaluación, si son ellas quienes deciden sobre los cambios que supuestamente tienen que generarse en sus grupos meta.
El monitoreo participativo apuesta a una relación democrática y a una cultura de reflexión. Desde los grupos meta y actores involucrados, la utilidad de generar información apunta a auto valorarnos y tomar decisiones sobre los cambios que nos proponemos alcanzar, incluyendo el aprender a tomar decisiones y el asumir compromisos con uno/a mismo o entre los miembros de un grupo.
Elaborar una línea base puede significar un despertar para un equipo de proyecto, es una buena oportunidad de validar una estrategia de proyecto y de sentar las bases de un sistema de monitoreo participativo de efectos e impactos. Un rasgo conceptual importante es la integración de la perspectiva “de las bases” en el marco lógico y en el sistema de monitoreo de la organización.
Esto lo descubren las personas vía la introducción de herramientas y preguntas generadoras que clarifican qué tipo de capacidades necesitamos para facilitar estos procesos. En esto resulta clave el crecimiento en autovaloración de los actores, asumiendo que el monitoreo ya no se limita a una función adicional al proyecto, sino que más bien es parte de nuestra responsabilidad en lograr los objetivos frente a nuestros donantes y frente a los grupos meta.
Son momentos muy importantes cuando pasamos del asombro incrédulo inicial a ensayar y aplicar algunas herramientas, como por ejemplo la herramienta del Cambio Colectivo. Esta herramienta apunta a que las personas lleguen a establecer sus propios horizontes de cambio con y en un grupo, al interior de un colectivo que comparte algunas características comunes.
La razón subyacente a la herramienta es que muchas veces en los proyectos trabajamos con grupos, conformamos grupos, convocamos a la gente a grupos, pero sin embargo estas personas no necesariamente tienen la oportunidad de descubrir qué intereses u objetivos tienen en común, ni tampoco la posibilidad de establecer objetivos de cambio.
El monitoreo participativo comienza justo allí con la reflexión de las personas integrantes de un grupo en el cual tienen algo en común y, por ende, un cierto interés en perseguir un objetivo, en aprovechar la energía del grupo en lograr algunos cambios, partiendo de una visión común y estableciendo sus objetivos.
Por sí solas, las herramientas no hacen la diferencia. En otra oportunidad quisiera comentarles más sobre el carácter de las herramientas, sus modalidades de aplicación, su versatilidad, y los resultados que puedan marcar la diferencia para la gestión del cambio.
