por Rodrigo Quiroz Saavedra
Elegí como estudio de caso el Programa Tránsito a la Vida Independiente (PTVI) en Chile, implementado por la Fundación Eres, porque reúne dos condiciones clave: trabaja con jóvenes con discapacidad intelectual —un grupo históricamente marginado— y propone un enfoque de inclusión social y laboral que pone en el centro la autodeterminación y los derechos de las personas con discapacidad.
Desde el comienzo, quise explorar hasta qué punto una evaluación podía ser realmente participativa cuando se aplicaba a un programa así. Para ello utilicé el instrumento desarrollado por Daigneault y Jacob (2009), que mide la participación en tres dimensiones: extensión del involucramiento, diversidad de actores y control del proceso. El ejercicio fue, a la vez, técnico y profundamente reflexivo. Por un lado, me permitió asignar puntajes claros; por otro, me obligó a mirar las relaciones de poder, los conflictos y las interpretaciones que iban emergiendo durante el proceso.
Uno de los momentos más significativos fue una discusión en torno al papel de las familias. Mientras algunos veían a las madres como un apoyo indispensable para la independencia de los jóvenes, ellas mismas relataban la sobrecarga y la falta de apoyo que experimentaban. Allí, entendí que el evaluador no puede limitarse a ser un observador neutral: su rol incluye visibilizar asimetrías y, cuando es necesario, respaldar la posición de quienes tienen menos poder para que sus perspectivas no queden invisibilizadas.
El instrumento de Daigneault y Jacob fue útil para sistematizar y puntuar la experiencia, pero también confirmé sus límites. Mide quién participa y en qué tareas, pero no siempre captura cómo se negocia el poder, ni qué interpretaciones acaban predominando y con qué consecuencias para los actores implicados. Por eso, en el capítulo argumento que incorporar la dimensión de relaciones de poder es fundamental si queremos que la evaluación participativa sea coherente con sus principios transformadores.
En lo personal, esta experiencia me confirmó que la evaluación participativa es tanto un ejercicio metodológico como un acto político y ético. Político, porque se trata de quien puede decir, tener voz e influencia en un proceso que puede afectar políticas, programas y las vidas de las personas. Ético, porque nos confronta con la responsabilidad de no reproducir, desde la evaluación, las mismas formas de opresión que decimos querer transformar.
En definitiva, invito al lector a acompañarme en este recorrido reflexivo, no para aprender una “receta” de evaluación participativa, sino para asomarse a las complejidades, dilemas y aprendizajes que surgen cuando la participación se toma en serio. Espero que, al cerrar el capítulo, quede claro que evaluar de forma participativa no es sólo aplicar un método: es comprometerse con un proceso de democratización del conocimiento y de las decisiones, capaz de desafiar las estructuras que sostienen la exclusión.
Daigneault, P. M., & Jacob, S. (2009). Toward accurate measurement of participation: Rethinking the conceptualization and operationalization of participatory evaluation. American Journal of Evaluation, 30(3), 330-348.
