SISTEMATIZACIÓN DE EXPERIENCIAS Y EVALUACIÓN: CERCANÍAS Y DIFERENCIAS

En América Latina y el Caribe el enfoque de la Sistematización de Experiencias es ampliamente conocido. En algunos campos, como el de la educación popular, es incluso más conocido que la evaluación. Nos preguntamos, ¿qué diferencias y similitudes hay entre evaluación y Sistematización de Experiencias?, ¿es posible identificar aspectos comunes entre la sistematización y algunos tipos de evaluación?

Desde EvalParticipativa queremos abrir el debate, y para ello hemos invitado a Oscar Jara Holliday, uno de los principales referentes sobre el tema, quien nos da el puntapié inicial.

El contexto

Según la literatura específica, la Sistematización de Experiencias apunta a situar al aprendizaje como parte esencial de una política de intervención. Y lo hace dando respuesta al desafío de promover, diseñar y conducir procesos de aprendizaje en experiencias que probablemente no fueron pensadas desde su gestación con este propósito. Pero, ¿es la búsqueda del aprendizaje un ‘patrimonio’ de la sistematización?, ¿existen propósitos similares en el campo de la evaluación?

La metodología de la Sistematización de Experiencias ha mantenido, sin proponérselo, un débil vínculo con la teoría de la evaluación. Aunque diversas reflexiones se han realizado con el fin de formalizar el método (Jara, 2018; Franke y Morgan, 1995; Chávez Tafur, 2006, Tapella y Rodríguez-Bilella, 2014), el diálogo y la interacción de la sistematización con otros enfoques de evaluación ha sido bastante limitado. Al mismo tiempo, y probablemente debido a sus orígenes prácticos, este enfoque no siempre ha hecho explícitos sus vínculos con la teoría social, con la excepción de la relación que varios autores han hecho con el materialismo dialéctico (Capó S. et al, 2010; Ghiso, 1998).

Creemos que los esfuerzos de distinción entre Sistematización de Experiencias y evaluación no deberían desembocar en la consideración de las mismas como enfoques excluyentes o sin puntos de contacto. En tal sentido, es valioso el análisis de Carden y Alkin (2012), quienes analizando críticamente la segunda edición del libro “Evaluation Roots” (Alkin, 2012) clasifican a una serie de enfoques evaluativos presentes en el contexto de los países de desarrollo bajo o intermedio como: (1) enfoques “adoptados” (el marco lógico, la gestión basada en resultados, la evaluación de impacto con métodos experimentales o cuasi-experimentales); (2) “adaptados” (evaluación participativa, developmental evaluation, mapeo de alcances, el cambio más significativo), y (3) enfoques “endógenos”. Estos últimos son aquellos generados en el contexto del sur global, en general como fruto de esfuerzos colectivos antes que individuales, y -dado su origen práctico- con un desarrollo relativo menor de formalización en una teoría prescriptiva completa. En el caso de América Latina, el enfoque presentado por Carden y Alkin es la Sistematización de Experiencias, la cual es agregada como una hoja más al árbol de la evaluación.

Entonces, en este contexto, ¿qué nos dice Oscar Jara al respecto? Invitamos a su lectura y a comentar al final de la nota, ofreciendo su punto de vista. ¡Muchas gracias!

SISTEMATIZACIÓN DE EXPERIENCIAS Y EVALUACIÓN: CERCANÍAS Y DIFERENCIAS

por Oscar Jara Holliday [1]

Tomemos como punto de partida el hecho de que tanto la evaluación como la sistematización son susceptibles de ser vistas con distintos enfoques y concepciones, por lo que no deberíamos preocuparnos por tener definiciones cerradas y únicas de ellas, sino aspirar a contar con algunos criterios fundamentales de orientación, principalmente con la preocupación de que podamos utilizarlos en nuestros trabajos concretos y no tanto desgastarnos en la infructuosa tarea de contar con formulaciones abstractas.

Lo primero que podemos afirmar es que por lo general, en el trabajo educativo, organizativo, de promoción social y de desarrollo, trabajamos con base en proyectos que -dependiendo de la manera como los trabajamos-  formulan fines, objetivos estratégicos, generales y específicos; metas a lograr, así como resultados, efectos e impactos esperados; definen componentes, planes de actividades, responsables de realizarlas, indicadores de medición, responsables, cronograma; fuentes y medios de verificación, productos, recursos necesarios, riesgos potenciales, presupuesto; mecanismos de monitoreo, seguimiento y evaluación, etc. Estos proyectos normalmente se estructuran desde una lógica de planeación determinada, basada en un diagnóstico o estudio preliminar, una formulación de la misión y visión institucional y otros elementos. Esta lógica y sus instrumentos son -normalmente- una referencia fundamental para las evaluaciones que se promueven sobre ellos.

Pero desde el primer momento en que un proyecto comienza a ejecutarse, surge un componente inédito: un proceso. Este va a depender principalmente de cómo, en definitiva, las distintas personas que intervienen en la ejecución del proyecto lo interpretan, sienten, actúan y se relacionan entre sí. El proceso emerge, entonces, como el componente vital del proyecto y, con seguridad, aparecerán en su trayecto elementos inesperados que no podían preverse ni planificarse previamente; de ahí su importancia y su riqueza.

El marco del proyecto seguirá sirviendo de referencia, pero ahora es la marcha del proceso la que dictará la dinámica y los rumbos específicos: aparecerán -con respecto a lo planificado- factores de resistencia o impulsadores; algunos de estos factores serán provenientes de elementos externos al proyecto (el contexto, las situaciones específicas en que se coloca, la dinámica de las relaciones entre participantes, etc.) y otros factores que serán derivados de la propia dinámica del proyecto que se impulsa. Surgirán las sinergias que movilizarán las acciones de forma más rápida y más fuerte de lo esperado, pero también aparecerán las trabas que entorpecerán el camino. La lógica del proyecto es siempre más lineal y prescriptiva; la del proceso, es más compleja, dinámica e imprevisible.

De ahí que afirmemos, como referencia central, que debe existir una relación dinámica y sinérgica entre proyecto y proceso (es decir una relación en la que cada elemento inciden en el otro y viceversa, produciendo un efecto mayor al de la suma de sus aportes particulares).

Desde este punto central podemos comprender mejor cómo contribuyen específicamente la evaluación y la sistematización de experiencias, como factores de aprendizaje desde la práctica[2].

  • La evaluación guarda una estrecha vinculación con el proyecto y su cumplimiento. La sistematización de experiencias está más relacionada con el proceso, su dinámica, recorrido y vitalidad: una mirada desde y sobre la experiencia vivida.
  • La evaluación (cualquiera que sea su enfoque o tipo) siempre realizará un juicio de valor; en cambio, el objetivo de la sistematización es recuperar las prácticas y los saberes generados en ella, para reconocer los sentidos que se van generando desde la visión de los diferentes actores, sin emitir necesariamente un juicio.
  • Para emitir un juicio de valor, la evaluación requiere contrastar, desde un marco institucional, lo que se esperaba lograr con un proyecto con lo que se alcanzó efectivamente; la sistematización puede incorporar otras dimensiones que surgieron en el proceso que podrían no tener mayor relación con la propuesta institucional que impulsó el proyecto.
  • La mayoría de las evaluaciones se realizan en la perspectiva de producir información para la toma de decisiones. Esto, a veces, puede llevarlas a ser principalmente administrativas, inmersas en un enfoque del control y la supervisión, más que en la producción de aprendizajes, sobre todo cuando se plantea como evaluación externa. Ello puede hacer que las actitudes que genere hagan que algunos sujetos se pongan a la defensiva por temor al juicio que se va a emitir y sus implicaciones.
  • La sistematización de experiencias suele estar más libre de esas ataduras administrativas y permitir que las personas se acerquen a su práctica con una actitud más crítica, autocrítica, reflexiva, dispuesta a aprender de lo que sucedió en la experiencia.
  • Los ritmos pueden ser también muy distintos. Muchas evaluaciones tienen un propósito muy delimitado en el tiempo, debido a la necesidad de rendir informes y de tomar decisiones con base en plazos previamente establecidos. La sistematización de experiencias, pensada más en la perspectiva de la problematización y comprensión de lo vivido por los distintos actores, recuperando sus distintos saberes y perspectiva, puede ser más lenta y no tener plazos tajantes de cumplimiento en la medida que va construyendo un acumulado de aprendizajes organizacionales más allá de los períodos de los proyectos.
  • Por su origen y algunas características vinculadas a su uso como componente de validación de proyectos financiados por entidades gubernamentales o no gubernamentales, la evaluación se ha convertido también en un campo de especialización profesional, al punto que hay personas cuya profesión es ser evaluadores o evaluadoras, y existen asociaciones nacionales y regionales de estos especialistas. Por el contrario, la sistematización ha surgido más como un componente integrado a los procesos impulsados por los actores y si bien existen muchas personas que realizan trabajos de asesoría en este campo, ninguna se reconocería profesionalmente como sistematizador o sistematizadora.
  • La evaluación permite conseguir información indispensable sobre los resultados, que la sistematización por lo general no proporciona, y esta información y balance que aporta la evaluación es fundamental para la reorientación de los proyectos y futuras acciones. Es indispensable llegar también a tener juicios de valor en torno a las metas, resultados, efectos e impactos conseguidos realmente, así como sobre las razones que explican su logro o sus fracasos, para corregir o reafirmar en el futuro lo que se debe realizar, lo que hace importante que se evalúe.

Por todo lo dicho anteriormente, necesitamos tanto de la evaluación como de la sistematización de experiencias, y más que preocuparnos por lo que las diferencia en abstracto, lo que nos debe interesar más es cómo crear, en la práctica concreta de nuestros proyectos y procesos, las condiciones para un encuentro fecundo, complementario y sinérgico entre estos dos ejercicios de producción de conocimiento desde las prácticas, que permita convertirlos en hechos educativos y en factores de aprendizaje crítico con los cuales fortalecer nuestras capacidades de proyección estratégica y mejoramiento de las prácticas.

[1] Educador Popular y Sociólogo. Director del CEP Alforja en Costa Rica. Presidente del Consejo de Educación Popular de América Latina y el Caribe, CEAAL.  Utilizamos aquí la noción de “Sistematización de Experiencias” como proceso de reflexión e interpretación crítica de las experiencias vividas, para generar aprendizajes significativos desde las prácticas, lo cual es mucho más que “sistematizar información” la cual se limita al ordenamiento, clasificación o catalogación de datos.

[2] Algunos de los puntos señalados a continuación fueron compartidos hace unos años a través de un foro de reflexión del colectivo del Programa Latinoamericano de apoyo a la sistematización de experiencias del CEAAL y un intercambio con la Red Latinoamericana de Evaluación, Seguimiento y Sistematización en América Latina y el Caribe RELAC.

Referencias:

Alkin, MC (ed.) (2012) Evaluation Roots, 2nd edn. Thousand Oaks, CA: SAGE.

Capó S, W.A., Arteaga C, B.A., Capó S., M.Y. (2010) La Sistematización de Experiencias: un método para impulsar procesos emancipadores. Venezuela, CEPEP.

Carden, F. and Alkin, M.C. (2012) Evaluation roots: an international perspective. Journal of MultiDisciplinary Evaluation 8(17): 102–18.

Chávez-Tafur, J. (2006) Aprender de la experiencia. Una metodología para la sistematización. Lima, Peru: Fundación ILEIA / Asociación ETC Andes.

Francke, M. and Morgan, M.L. (1995) La sistematización: apuesta por la generación de conocimientos a partir de las experiencias de promoción. Lima, Perú: ESCUELA para el Desarrollo.

Ghiso, A. (1998) De la práctica singular al diálogo con lo plural. Aproximaciones a otros tránsitos y sentidos de la sistematización en épocas de globalización. Mimeo. Medellín, Colombia: FUNLAM.

Jara, O. (2018) La Sistematización de Experiencias, práctica y teoría para otros mundos posibles, Cinde. Bogotá.

Tapella, E. y P. Rodríguez Bilella (2014) Shared learning and participatory evaluation. The sistematización approach to assess development interventions, Evaluation, vol. 20 no. 1 115-133, SAGE publications.

 

2 thoughts on “SISTEMATIZACIÓN DE EXPERIENCIAS Y EVALUACIÓN: CERCANÍAS Y DIFERENCIAS

  1. Olga Nirenberg says:

    Me sorprendió leer este artículo de Oscar Jara Holliday; ante todo me pareció paradójico leerlo en el sitio de Evaluación Participativa. Pero sobre todo me llamó la atención que exponga los mismos argumentos que le he escuchado hace más de una década y media, cuando en algún encuentro en un país de LAC (ya no recuerdo cual) le discutí personalmente su concepción anticuada acerca de la evaluación, como si ésta sólo mirara resultados contra objetivos, equiparándola con el control o la auditoría sin tomar en cuenta el saber y la perspectiva de los actores implicados.
    De modo que mi respuesta a la doble pregunta final que formula quien escribió la introducción al sorprendente artículo: ¿es la búsqueda del aprendizaje un ‘patrimonio’ de la sistematización? ¿existen propósitos similares en el campo de la evaluación? es: no, de ningún modo es patrimonio de la sistematización, o sea, eso no la distingue de la evaluación, pues la mayoría de los autores, desde hace no menos de tres décadas, asignan tres principales propósitos a la evaluación: aprender desde la práctica, mejorar la programación y la acción y transparentar la gestión de intervenciones. Coincido entonces con quien escribió la introducción: la sistematización y la evaluación no son enfoques excluyentes sino que tienen muchos puntos de contacto.

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