por Andrea Meneses Rojas

En el capítulo 13 del libro Evaluación, democracia y transformación invito a recorrer cómo, a lo largo de diez años de cooperación internacional, distintas voluntades y aprendizajes se entrelazaron para que la evaluación participativa dejara de ser un ideal y se convirtiera en una práctica transformadora en América Latina y el Caribe.
Durante esta década, la cooperación entre el Instituto Alemán de Evaluación de la Cooperación al Desarrollo (DEval) y el Ministerio de Planificación Nacional y Política Económica de Costa Rica (Mideplan) consolidó la evaluación participativa como una apuesta estratégica en las acciones emprendidas en la región. Entre 2014 y 2024, este esfuerzo se canalizó a través de dos proyectos (Foceval y Focelac) con un propósito común: fortalecer las capacidades en evaluación y contribuir a la toma de decisiones basadas en evidencias.
En la primera sección muestro cómo desde el 2014, distintos actores como instituciones públicas, academia, sociedad civil y cooperación internacional empezaron a reunirse en torno a la idea de que evaluar no debía ser un ejercicio cerrado, desde y para especialistas, sino un espacio compartido, inclusivo y de aprendizaje mutuo. El capítulo recorre momentos claves: la creación del Grupo de Coordinación en Costa Rica, la conformación de plataformas multiactor, las primeras experiencias piloto de evaluaciones participativas y, más tarde, la consolidación de iniciativas regionales como la comunidad EvalParticipativa, que hoy reúne a personas, entidades y organizaciones de toda América Latina y el Caribe en torno a la temática.
En la segunda parte, comparto el camino recorrido: los hitos más importantes, las experiencias concretas y las prácticas piloto que no solo fortalecieron capacidades, sino que también demostraron en la práctica el valor de incluir a más voces en los procesos evaluativos. Aquí se pone en evidencia el enfoque sistémico de cooperación impulsado por el DEval, que promovió la incidencia en tres niveles: desarrollo de capacidades individuales, fortalecimiento de capacidades institucionales y creación de un entorno más favorable para la evaluación participativa en la región.
En este acápite identifico experiencias concretas que se han desarrollado en profundidad a lo largo del libro: desde la evaluación participativa en Limón, Costa Rica hasta los procesos acompañados como Servicio País en Chile, Evalúa Jalisco en México, Secretaría Nacional de Planificación en Ecuador y otros.
La tercera sección está dedicada a los aprendizajes y desafíos. No solo los logros, sino también las tensiones y las limitaciones que se encontraron en el camino: cómo acompañar a organizaciones con ritmos distintos, cómo equilibrar la necesidad de resultados con la apuesta por procesos más inclusivos, y cómo navegar los contextos políticos y sociales de la región, a menudo complejos y cambiantes. Esta sección también ofrece algunas reflexiones sobre el aporte de los enfoques participativos al cumplimiento de la Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).

Finalmente, el capítulo mira hacia adelante. ¿Cuáles son los próximos pasos de la cooperación? Se abre una puerta: la posibilidad de generar nuevas sinergias en clave Sur-Sur-Norte, que habilite el encuentro y el intercambio horizontal de experiencias y aprendizajes entre países de contextos similares. Un vínculo que permita profundizar en evaluaciones más inclusivas, con un impacto directo en la gestión pública y en los grandes desafíos de desarrollo a nivel global.
En resumen, este capítulo es una invitación a recorrer un proceso de aprendizaje colectivo en el marco de la cooperación internacional, que demuestra que la participación en evaluación no es un ideal abstracto, sino una práctica situada que transforma la forma en que pensamos, hacemos y usamos la evaluación para el bien común.
