Una experiencia costarricense de evaluación participativa que transformó miradas y prácticas
por Karol Cruz Ugalde, Eddy García Serrano y Juan Murciano

¿Qué ocurre cuando quienes históricamente han sido evaluados se convierten en co-evaluadores? ¿Cómo se puede propiciar, gestionar y capitalizar ese cambio? ¿Puede impulsarse una evaluación participativa desde la institucionalidad pública? ¿Cómo?
Estas fueron algunas de las preguntas que nos impulsó a escribir este capítulo sobre la evaluación del Programa para la Promoción de la Autonomía de la Persona con Discapacidad en Costa Rica. No queríamos relatar un proceso técnico, lleno de metodologías y resultados, sino compartir desde dentro una experiencia viva, retadora y profundamente humana.
En sus páginas, encontrarán el contexto costarricense, un país con un marco legal que reconoce los derechos de las personas con discapacidad, pero que aún enfrenta grandes desafíos para convertirlos en realidades cotidianas. Presentar ese telón de fondo era indispensable, porque allí radica el sentido de nuestro trabajo: mostrar cómo la evaluación puede ser una herramienta de transformación y de fortalecimiento democrático.
Dos miradas complementarias
Una característica que hace especial a este capítulo es que fue escrito desde dos lugares complementarios. Por un lado, Juan, como consultor y docente en evaluación participativa, acompañó el proceso desde la asesoría técnica y como facilitador del desarrollo de capacidades en evaluación de las personas con discapacidad y del resto de actores implicados. Por otro lado, Karol y Eddy, como gestoras de evaluación del ente rector costarricense (MIDEPLAN), aportaron la mirada institucional de quienes establecen los marcos metodológicos, dan seguimiento a la calidad de las evaluaciones y reciben sus informes finales, sin ser responsables directos de las políticas evaluadas.
Combinar ambas perspectivas nos permitió mirar el proceso desde dentro y desde fuera al mismo tiempo, articulando la práctica profesional y la política pública, lo técnico y lo humano.
-
- “La evaluación participativa nos enseñó que mirar desde distintos lugares no divide: amplía la comprensión y multiplica los aprendizajes.”
La participación como protagonismo
Desde esa confluencia de roles, lo que más nos entusiasma contar es cómo concebimos la participación dentro del proceso evaluativo. No se trataba solo de consultar a personas beneficiarias o a actores clave, sino de reconocerlas como sujetos de derecho y como protagonistas, tomando decisiones estratégicas.
Desde el inicio, buscamos que las personas con discapacidad no fueran vistas como “informantes”, sino como co-evaluadoras, con saberes y experiencias capaces de enriquecer el análisis y cuestionar los supuestos de quienes diseñan políticas públicas.
-
- “Propiciar este diálogo de saberes entre decisores, gestores y titulares de derechos es la esencia y la singularidad de una evaluación participativa”.
Nos inspiramos en el lema “Nada de nosotros sin nosotros”, bandera de los movimientos de personas con discapacidad en todo el mundo. Ese principio guio nuestra manera de diseñar y llevar a cabo la gestión de la evaluación: no hablar sobre ellas ni decidir por ellas, sino construir con ellas, hombro a hombro, cada paso del proceso. El caldo de cultivo de todo esto fueron los talleres de planeación participativa de la evaluación, una de nuestras experiencias profesionales más enriquecedoras.
En el capítulo relatamos cómo logramos construir espacios de diálogo horizontales, algunos sencillos y otros más estructurados, donde la palabra circuló libremente. La configuración de equipos de evaluación ampliados con actores no tradicionales fue tan retador como satisfactorio. Podrán leer cómo esas voces formularon y redefinieron las preguntas que buscaban respuesta, priorizaron temas y dieron un sentido más democrático a la evaluación, resignificando su naturaleza política.
También compartimos los retos: resistencias institucionales (el vértigo a perder el control –o el poder-), limitaciones logísticas y administrativas (¿cómo sufragar los costes de la participación de quienes no suelen participar y lo hacen por su cuenta y riesgo con el alto coste de oportunidad que supone ahondar en su vulnerabilidad?) o la dificultad de sostener la participación real más allá de lo simbólico.
-
- “La evaluación participativa no es un camino lineal ni exento de contradicciones, pero en sus tensiones florecen los aprendizajes más profundos.”
Entre los aprendizajes más significativos destacamos la necesidad de repensar nuestras propias prácticas como evaluadoras y reconocer que los resultados más valiosos no siempre están en el informe final, sino en los procesos de empoderamiento, reflexión y organización que se generan en el camino.
Un camino sin retorno
Al escribir, quisimos transmitir la emoción y el orgullo que sentimos por haber formado parte de algo más grande que un ejercicio técnico. Este capítulo es también el testimonio de cómo la evaluación puede ser un espacio de encuentro humano, de reconocimiento mutuo y de construcción colectiva de sentido. En nuestro caso sentido evaluativo
En la fase final de nuestro relato hablamos de un “camino sin retorno”: una vez que se vive lo que significa evaluar de forma participativa y democrática, ya no hay vuelta atrás. Allí nos atrevimos a reformular el lema inicial y a decir: “Nada de nosotras sin vosotras”.
-
- “La evaluación participativa no es un camino lineal, pero sí un camino sin retorno.”
Con esa frase quisimos expresar que este proceso no solo transformó a las personas participantes, sino también a nosotros como evaluadoras. Hoy ya no concebimos nuestro trabajo sin ese diálogo, sin esa apertura y sin ese compromiso colectivo.
Una invitación abierta
Quien lea estas páginas encontrará un relato que combina datos, testimonios y reflexiones, pero sobre todo hallará una invitación: pensar la evaluación como un instrumento al servicio de la democracia y de la transformación social. Dejamos algunos hilos abiertos a propósito, para que cada lector se pregunte qué implicaría llevar estas prácticas a sus propios contextos. En definitiva, este capítulo habla de Costa Rica, sí, pero también dialoga con muchas realidades latinoamericanas.
-
- “Cuando la evaluación se abre al diálogo, deja de medir para empezar a transformar.”
Esperamos que quienes lo lean encuentren no solo información, sino también inspiración para seguir creyendo que es posible evaluar de otra manera: más justa, más inclusiva y más participativa. En definitiva, una práctica evaluativa más democrática y transformadora.
